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Aprender un idioma de adulto

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Aprender español
Aprender un idioma de adulto

Cuando yo iba al colegio todos estudiábamos francés y no era tan corriente estudiar inglés. Empecé a estudiarlo a los cuarenta años, convencida de que mi experiencia con otras lenguas me ahorraría los tropiezos típicos del principiante. Me equivoqué bastante.

Lo que nadie te avisa antes de empezar

Si bien es cierto que el conocimiento de otras lenguas y mi formación lingüística me ayudó a mecanizar muchas estructuras y me facilitó la parte gramatical, no pasó lo mismo con la fonética. No conseguía encontrar una norma aplicable a la pronunciación: por más que lo intentaba, todo fallaba. Cuando creía que tenía la lógica de la pronunciación aprendida surgía una nueva palabra con un sonido diferente. Los primeros meses fueron un ejercicio de humildad: volví a sentirme como una niña que repite frases sin entender del todo lo que dice.

Lo que probé y lo que funcionó (y lo que no)

Probé de todo. Entonces no teníamos aplicaciones. Memoricé hasta que constaté que sabía repetir las listas de verbos irregulares perfectamente, pero era incapaz de seguir una conversación sin quedarme en blanco. Cambié de estrategia y escuché podcasts a diario, vi series sin subtítulos hasta que me dolía la cabeza, y apunté en una libreta cada palabra que se me resistía. Llegué incluso a proponerme pensar en inglés mientras hacía las tareas de casa. Ese monólogo interior absurdo funcionó mejor que muchas horas de estudio formal, y hoy sigo haciéndolo.

El idioma se oxida

Conseguí mi título oficial. Pero pronto me di cuenta de que la carrera no había acabado ahí: cada mes sin practicar era un paso hacia atrás. Pasé dos años sin tocar el idioma activamente y me oxidé. Volví a empezar y lo que más me costó no fue la gramática, sino soportar la incomodidad de la torpeza y la falta de las palabras. Nadie me había advertido. Aprender un idioma de adulto exige trabajo, sí, pero sobre todo exige tolerar el ridículo con cierta elegancia. Recuerdo una reunión con compañeros de trabajo en la que pasé media hora asintiendo sin entender ni la mitad de lo que se decía, y otra en la que conté un chiste que, mal pronunciado, significaba otra cosa completamente distinta.

Lo que aprendí de verdad

Hoy, quince años después, no hablo un inglés perfecto, pero lo hablo y lo practico cada semana con mi profesora. Leo, escucho, veo películas o series. Y ahora sospecho que el verdadero aprendizaje no estuvo en las aplicaciones ni en los libros, sino en atreverme a equivocarme en voz alta, una y otra vez, delante de desconocidos.

Aprender un idioma de adulto

Cuando yo iba al colegio todos estudiábamos francés y no era tan corriente estudiar inglés. Empecé a estudiarlo a los cuarenta años, convencida de que mi experiencia con otras lenguas me ahorraría los tropiezos típicos del principiante. Me equivoqué bastante.

Lo que nadie te avisa antes de empezar

Si bien es cierto que el conocimiento de otras lenguas y mi formación lingüística me ayudó a mecanizar muchas estructuras y me facilitó la parte gramatical, no pasó lo mismo con la fonética. No conseguía encontrar una norma aplicable a la pronunciación: por más que lo intentaba, todo fallaba. Cuando creía que tenía la lógica de la pronunciación aprendida surgía una nueva palabra con un sonido diferente. Los primeros meses fueron un ejercicio de humildad: volví a sentirme como una niña que repite frases sin entender del todo lo que dice.

Lo que probé y lo que funcionó (y lo que no)

Probé de todo. Entonces no teníamos aplicaciones. Memoricé hasta que constaté que sabía repetir las listas de verbos irregulares perfectamente, pero era incapaz de seguir una conversación sin quedarme en blanco. Cambié de estrategia y escuché podcasts a diario, vi series sin subtítulos hasta que me dolía la cabeza, y apunté en una libreta cada palabra que se me resistía. Llegué incluso a proponerme pensar en inglés mientras hacía las tareas de casa. Ese monólogo interior absurdo funcionó mejor que muchas horas de estudio formal, y sigo haciéndolo.

El idioma se oxida

Conseguí mi título oficial. Pero pronto me di cuenta de que la carrera no había acabado ahí: cada mes sin practicar era un paso hacia atrás. Pasé dos años sin tocar el idioma activamente y me oxidé. Volví a empezar y lo que más me costó no fue la gramática, sino soportar la incomodidad de la torpeza y la falta de las palabras. Nadie me había advertido. Aprender un idioma de adulto exige trabajo, sí, pero sobre todo exige tolerar el ridículo con cierta elegancia. Recuerdo una reunión con compañeros de trabajo en la que pasé media hora asintiendo sin entender ni la mitad de lo que se decía, y otra en la que conté un chiste que, mal pronunciado, significaba otra cosa completamente distinta.

Lo que aprendí de verdad

Hoy, quince años después, no hablo un inglés perfecto, pero lo hablo y lo practico cada semana con mi profesora. Leo, escucho, veo películas o series. Y ahora sospecho que el verdadero aprendizaje no estuvo en las aplicaciones ni en los libros, sino en atreverme a equivocarme en voz alta, una y otra vez, delante de desconocidos.

Aprender un idioma de adulto

Cuando yo iba al colegio todos estudiábamos francés y no era tan corriente estudiar inglés. Empecé a estudiarlo a los cuarenta años, convencida de que mi experiencia con otras lenguas me ahorraría los tropiezos típicos del principiante. Me equivoqué bastante.

Lo que nadie te avisa antes de empezar

Si bien es cierto que el conocimiento de otras lenguas y mi formación lingüística me ayudó a mecanizar muchas estructuras y me facilitó la parte gramatical, no pasó lo mismo con la fonética. No conseguía encontrar una norma aplicable a la pronunciación: por más que lo intentaba, todo fallaba. Cuando creía que tenía la lógica de la pronunciación aprendida surgía una nueva palabra con un sonido diferente. Los primeros meses fueron un ejercicio de humildad: volví a sentirme como una niña que repite frases sin entender del todo lo que dice.

Lo que probé y lo que funcionó (y lo que no)

Probé de todo. Entonces no teníamos aplicaciones. Memoricé hasta que constaté que sabía repetir las listas de verbos irregulares perfectamente, pero era incapaz de seguir una conversación sin quedarme en blanco. Cambié de estrategia y escuché podcasts a diario, vi series sin subtítulos hasta que me dolía la cabeza, y apunté en una libreta cada palabra que se me resistía. Llegué incluso a proponerme pensar en inglés mientras hacía las tareas de casa. Ese monólogo interior absurdo funcionó mejor que muchas horas de estudio formal, y sigo haciéndolo.

El idioma se oxida

Conseguí mi título oficial. Pero pronto me di cuenta de que la carrera no había acabado ahí: cada mes sin practicar era un paso hacia atrás. Pasé dos años sin tocar el idioma activamente y me oxidé. Volví a empezar y lo que más me costó no fue la gramática, sino soportar la incomodidad de la torpeza y la falta de las palabras. Nadie me había advertido. Aprender un idioma de adulto exige trabajo, sí, pero sobre todo exige tolerar el ridículo con cierta elegancia. Recuerdo una reunión con compañeros de trabajo en la que pasé media hora asintiendo sin entender ni la mitad de lo que se decía, y otra en la que conté un chiste que, mal pronunciado, significaba otra cosa completamente distinta.

Lo que aprendí de verdad

Hoy, quince años después, no hablo un inglés perfecto, pero lo hablo y lo practico cada semana con mi profesora. Leo, escucho, veo películas o series. Y ahora sospecho que el verdadero aprendizaje no estuvo en las aplicaciones ni en los libros, sino en atreverme a equivocarme en voz alta, una y otra vez, delante de desconocidos.

¿Y por qué te cuento todo esto? Porque sé que estás estudiando español y que hay días en los que parece imposible. No lo es. Exige esfuerzo, constancia y disposición para aprender, pero cada minuto que dedicas a este idioma no es solo tiempo de estudio: es también tiempo que te das a ti mismo para crecer.

¡Nos vemos pronto!

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